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lunes 29 de agosto de 2011

De regreso a casa


Después de casi 6 meses de silencio en los que mi vida ha dado un giro radical, vuelvo a casa a escribir, después de tantos meses deseando tener el tiempo y la tranquilidad para poder seguir escribiendo, vuelvo a casa.
Y ahora que estoy en casa, empecemos nuevas historias por el principio.

Un saludo a quienes me siguen.

jueves 3 de marzo de 2011

4ª finalista del concurso

http://cocoroko.blogspot.com/2011/03/fallo-del-i-certamen-de-microcuentos.html

viernes 17 de diciembre de 2010

Carta a un adiós repentino

Hay una verdad que lleva hasta tí,
lejana, dormida, esquiva,
un adiós que se giró sin compasión,
me dió la espalda, no dijo nada,
ya no hay amaneceres,
ni noches de miradas silenciosas,
ya no quedan metáforas
de caricias olvidadas.

sábado 20 de noviembre de 2010

Microrrelatos: Fuera


Hoy, mientras tendía la colada en el patio, he visto una paloma prehistórica; sé que sonará extraño, lo sé, no me gustan las tareas domésticas y no suelo ser yo quien hace la colada siquiera. Debe medir casi un metro, aunque no he querido fijarme demasiado por no parecer demasiado curiosa. Aunque los primeros contactos han sido difíciles, puesto que estaba en la fachada de enfrente de casa y se conoce que no le agradan las conversaciones en voz alta, hemos llegado a  un acuerdo: yo le llevaré su papeleo, como inmigrante temporal, legalizar su situación no será fácil, el Estado parece poner muchas trabas y es lento en su labor de regularización, como ellos lo llaman; ella, por otro lado, se lo huele, y ya me trata como si yo fuera su banco: dándole largas y poniendo peros a todo. 

domingo 29 de agosto de 2010

Eye of the Beholder


- ¿Por qué hay un hueco donde debería estar tu corazón?
- Porque no hay corazón más frío que el ausente.


Desde entonces escribo notas de voz.
- Nota de voz a mis zapatos: podéis marchar,  ya no iré lejos.


Aquel día fui invisible,
y ni siquiera me buscaste,
desde entonces no te conozco,
no conozco a nadie.

martes 20 de julio de 2010

El Acantilado de Limerick

                                         
                EL ACANTILADO DE LIMERICK

                             

Asomó en el horizonte una fría mañana de invierno, el tiempo en el pueblo estaba inmóvil y sólo se observaba en las calles el hielo abandonado por la madrugada, que se iba a dormir a regañadientes.
La pequeña población irlandesa del condado de Limerick, se desperezaba de la larga noche de nieve y vientos que habían azotado las ventanas de las humildes casas de los granjeros que, temerosos de la suerte de sus animales y cosechas, no habían pegado ojo en toda la noche. Los niños descansaban en sus cálidas camas, compartidas con la prole completa para así conservar el calor y no contraer ninguna enfermedad, dado que el frío calaba ante cualquier descuido.

Pero no sería un gallo de corral quien despertara a la servidumbre del castillo de San Juan, sino el grito de la joven ama del lugar, la condesa Mary Stanton de Carleton, que acababa de desmayarse ante el cuerpo sin vida de su esposo, Lord James Carleton, anciano y enfermo paciente que no había esperado un fin tan poco considerado para con su persona.

En los alrededores del castillo corría  un sereno arroyo, y un bosque que se dejaba arrullar por este,  un bosque escenario de inverosímiles fábulas que franqueaba el paso hacia los acantilados. Dicho lugar no era vasto en extensión, pero los rumores de aquellos que habían circulado por él, cuando en alguna ocasión perdieron la noción del tiempo recogiendo leña, decían que parecía un laberinto que cercaba a sus visitantes conforme las horas de la tarde pasaban.
Era pues el lugar perfecto para desterrarse cuando lo que se buscaba era la única compañía de la propia sombra, aunque el señor del castillo no confiase ya ni en la suya propia, las fiebres y la desidia en que había desembocado su enfermedad, le empujaban a buscar desesperadamente la soledad.

Hacía semanas ya que el anciano había tomado por costumbre responderse a sí mismo en interminables diálogos a solas, en los que se contrariaba en repetidas ocasiones, diálogos que siempre concluían con una certera frase a la cual seguía un no menos aterrador silencio; estos largos monólogos eran escuchados por los criados tras la puerta de los aposentos, presas del pánico más absoluto. Ello se debía a que la condesa había ordenado vigilar al señor, ya que sospechaba la cercana muerte de este tanto como la ausencia de un testamento que la situara en una posición desahogada de por vida. Estos aterradores pensamientos la paralizaban, puesto que sus familiares más próximos vivían lejos y no estaba dispuesta a marchitarse entre las gélidas paredes del centenario castillo con sus arcas más vacías que su lecho.

Del mismo modo que los largos paseos del conde a media tarde no eran un secreto, tampoco pasaba desapercibido para la servidumbre, que el clima frío de la zona no tardaría en dar un certero fin al anciano, puesto que conforme avanzaba el invierno, las últimas horas de la tarde se tornaban insoportables lejos del acogedor fuego de los hogares.
Fue uno de esos largos y penosos paseos, el que atrajo la curiosidad de uno de los sirvientes, el joven Duncan, que había llegado hacía poco a la finca para trabajar en las caballerizas, si bien el conde ya no solía montar tan a menudo como antaño, sí exigía un escrupuloso cuidado de sus magníficos ejemplares.
Aquella tarde, y mientras el joven cepillaba los cabellos de un recio pura sangre, observó el modo en que el anciano se dirigía hacia el bosque, parecía estar como hechizado, como si siguiera a alguien a través de un camino conocido de antemano que no le requiriese el más mínimo esfuerzo recorrer. Fue esta inesperada agilidad en el sexagenario, lo que atrajo la curiosidad del joven, que lo siguió tan encantado como lo estuviera el conde.

Tras alejarse de los frondosos jardines que rodeaban el castillo y franqueaban el sendero hacia el bosque, el anciano comenzó a hablar consigo mismo en un tono cada vez más hilarante, puesto que en su monólogo se mezclaban el terror y un tono de autoridad que inquietó al joven sobremanera, que sintió de pronto un miedo aún mayor cuando advirtió que se encontraba en lo más profundo del bosque encantado, rodeado de susurros y extrañas sombras.
Los pasos del conde pronto pasaron de la agilidad a la pesadez más absoluta debido a la debilidad de sus ancianos huesos, que no resistirían mucho tiempo el frío de aquellos lugares, aunque este detalle no le detuvo en su peregrinar por el inhóspito lugar.
El joven Duncan observaba con atención al anciano, si bien no perdía de vista el sendero hacia el castillo, pues no conocía aún la zona, ya que la mayor parte del día la dedicaba a sus quehaceres en las caballerizas o en el pueblo, con las jóvenes interesadas en el joven forastero.

Habían pasado ya varias horas caminando por el bosque, cuando el anciano se detuvo cerca del río, el río Shannon, tan hermoso que era casi imposible no dejarse arrullar por su sonido y sus fantásticas vistas, era un lugar digno de ser visitado, puesto que no había en el condado otro con mayor encanto que aquel cálido rincón.
Pero conforme las horas pasaron y el anciano advertía que su cita no aparecía, su ánimo se tornó triste y agraviado. Fue entonces cuando se giró instintivamente sobre sus espaldas y vio la figura del sirviente a unos cuantos  pasos de distancia, por lo que preguntó al joven:
-                     ¿Sabe usted quién soy, joven?
-                     Por supuesto, señor, lamento haberle seguido, señor, yo…
-                     No, apuesto a que no lo lamenta, diría que es usted un joven bastante osado.

Pero en lugar de recibir respuesta del joven, el anciano observó de pronto en este una expresión de sorpresa aún mayor que la que experimentara cuando fue descubierto por él.
Entonces lo supo: su cita había aparecido. Se giró, y entonces la vio.
Los largos cabellos de la mujer se deslizaban por sus caderas como lo había hecho el anciano por el bosque horas antes, y su piel relucía como si se encontraran en la hora sin sombra, brillaba como si ella misma fuera luz.
Ante esta imagen que mantuvo al joven absorto durante unos minutos, sorprendido y en silencio, el anciano pareció sentirse muy cansado, y resolvió sentarse en la orilla del río, entre la  maleza que le protegiera del gélido suelo.
En cuanto el sirviente se recuperó del susto inicial, resolvió dejar al anciano solo ante la imagen objeto de su pavor, puesto que enseguida entendió que los rumores y temores de la población del lugar eran ciertos, ya que acaba de ver aparecer a una mujer saliendo del río, con los cabellos mojados, el pelo sucio y las ropas raídas; la imagen le hizo pensar en alguna bruja que tuviese algún trato con el anciano, por lo que resolvió dejarlos en paz tratando sus asuntos, mientras, él correría por el bosque en dirección al castillo para no decir palabra de lo que había visto, pues en más de una ocasión, entre pintas de cerveza y alguna que otra mirada con las jóvenes del lugar, se había burlado de aquellas leyendas, cuentos de viejas para asustar y alejar a los niños del bosque. Sin duda, su juventud le había jugado una mala pasada.

Conforme pasaba la tarde, la joven condesa, que se aburría cada día más desde que las visitas a la capital se habían ido espaciando debido a la salud de su esposo, llamó a su sirvienta de mayor confianza para que le informara sobre la salud de este, y sobre las extrañas conversaciones a solas que habían ido en aumento hacía tiempo. La joven, que dudó durante unos segundos, comenzó con un tono de gravedad, el relato de los últimos acontecimientos:
-Verá señora, no es sólo el tiempo que pasa sólo, es el ambiente que hay en su habitación, cuando el señor la abandona y entro en ella para limpiar y ordenar, es como si hubiera terminado una acalorada discusión, el ambiente está cargado y parece que más de una persona haya estado en ella. Es muy extraño, si me permite, señora.
- ¿Está segura de que no recibe visitas que desconozco, alguien nuevo?
-La única visita que recibe regularmente es la del médico, señora, el Doctor Stevenson, como usted sabe.
-¿Recibe alguna vez correspondencia de su abogado? No tengo noticia de que lo haya hecho.
-No señora, hace meses que no recibe correspondencia de ese tipo.
-Muy bien, Emily, puede retirarse.
-Gracias señora. Permiso, señora.

En cuanto la sirvienta desapareció por la puerta, la condesa volvió a sus cavilaciones: este tipo de interrogatorios se habían incrementado con los meses, y la sumían en una suerte de sospechas e intranquilidad que iban a más con cada noche en vela que pasaba el anciano, entre su insistente tos y escalofríos, que no cesaban hasta el amanecer.

Lejos quedaba ya en su memoria, la época en que conoció al conde, un hombre ya entrado en años, que no se dejaba amilanar por ningún joven, aunque este fuera más atractivo o fuerte que él, tal vez fuera esta la razón de que Mary, que había nacido en una familia acomodada pero sin lujos, aceptara casarse con un hombre mayor, con edad para ser su padre…o tal vez fueran los títulos que ostentaba su pretendiente, en realidad nunca tuvo tiempo de planteárselo, si bien consiguieron con el tiempo, ser una matrimonio bien visto  que lograba soportarse mutuamente.
Recordó su juventud y su matrimonio y de pronto se sintió muy mayor, se observó en un espejo y advirtió que los años no sólo habían pasado para su esposo, y que ella misma, ¡ella misma!, no había escapado a los estragos de la infelicidad.
Y así pasó la tarde, recordando y mortificando su conciencia, de cómo habían influido en su vida sus decisiones, pareciera incluso que estaba quedando en paz consigo misma.
En estos pensamientos se encontraba la condesa cuando advirtió que la luz del día había sido sustituida por la de las candelas, los sirvientes estaban a punto de servir la cena y ya la casa se transformaba con la nueva iluminación, se encendían más fuegos para combatir el aire frío que se colaba por los rincones y se encendió también  el del salón, donde los señores solían cenar, pero la condesa tuvo entonces un mal presentimiento, un mal estar que no supo tranquilizar con vanas excusas que engañaran a su mente.

Al otro lado de la oscuridad de la noche, en medio del bosque y junto al río, el anciano se encontraba absorto en sus cavilaciones, se había quedado solo con sus pensamientos y con la suave nieve que comenzó a caer, tras la marcha de su misteriosa cita, que había desaparecido con tanta prisa como vino.
Su mente estaba embotada, no dejaban de cruzarse en su cabeza los más diversos y dispares sentimientos: culpa, vergüenza, ira,….
- No quiero hacerlo, no lo haré- dijo en voz alta. No quiero elegir ni tomar decisión alguna. No tengo por qué, ella no puede obligarme.
-Sí que puedo, bien lo sabes- se respondía a sí mismo.
El anciano se sorprendió preguntándose desde qué lugar de sí mismo había salido tal suposición y, acongojado, concluyó la conversación. Se hizo el silencio más absoluto en aquellos lugares ocultos del bosque. Y el anciano se incorporó.
La vuelta al castillo fue muy penosa, las temperaturas habían descendido drásticamente y el viento helado no dejaba avanzar al anciano con la prontitud que requería el largo trecho que le quedaba por andar. Aún así, consiguió acceder al jardín y resolvió descansar allí unos minutos y recuperar el aliento antes de entrar.
Durante esos minutos en que se fue recobrando del esfuerzo, recordó la época en que había sido joven, en que los pesares que actualmente oscurecían sus últimos días estaban ocultos en su futuro. Fue la época en que se enamoró por primera vez la que vino a su mente, la joven que había conocido tiempo atrás y a la que le era imposible olvidar. Claro está, la posición social de ella no le permitía mostrar sus intenciones como él hubiera deseado, pero esto nunca fue impedimento para que ambos siguieran adelante con su relación, que era un secreto a voces. Su padre,  Lord Thomas Carleton, jamás hubiera permitido tal unión, y de hecho no la bendijo ni perdonó a su primogénito cuando este contrajo nupcias con la joven, lo único que pudo hacer para que sus títulos no cayeran en el olvido y su nombre se perdiera, fue ignorar a su hijo de por vida, si bien la herencia del mismo no sería modificada.
Fue una época muy hermosa para el joven James, su esposa era joven, bella y muy respetada entre los lugareños del condado. Pero su carácter no era tan  suave como sus facciones, y en alguna que otra ocasión el matrimonio se había enfrascado en discusiones que concluían con días de silencio e indiferencia mutua.
Fue durante uno de estos días de sigiloso y latente odio hacia su esposo, en que Fiona se fijó en que su soledad voluntaria no había pasado desapercibida a un joven sirviente del castillo: Declan Stone era todo lo que su esposo no era: vivaz, comprensivo, hablador,…todo lo que ella necesitaba cuando aún no confiaba en ninguna sirvienta del castillo, que podía estar vigilándola para informar a su esposo de sus idas y venidas.
De aquellas conversaciones entre una condesa y un sirviente, de las que el conde no tardó en tener noticias, nacieron unos celos cada vez más enfermizos, que empezaron a inquietarle, no tanto porque pudieran ser ciertos, si no porque no sabía con certeza qué podría llegar a ocurrir si lo fuesen.

En estos pensamientos se encontraba el anciano, cuando un sirviente lo vio sentado ante el castillo, en un recodo del jardín, el anciano se dejó guiar hasta la casa y supo por este criado, que su esposa se encontraba preocupada por su tardanza. El anciano se dirigió entonces a la estancia donde su esposa le esperaba impaciente y comenzó a cenar, ante la mirada de estupor de la condesa.
Tras un silencio eterno, ella preguntó:
-                     ¿No crees que me debes alguna explicación de tus salidas y esos extraños paseos al río?
-                     Querida, mis paseos y salidas son asunto mío, sólo mío.
-                     Pasas muchas horas en ese bosque, tu salud empeora por momentos y no te dejas cuidar, no entiendo tu actitud. Algo pasa y no me lo quieres contar. No te entiendo en absoluto.
-                     No tienes que entender nada.
-                     Muy bien.

Cuando hubo terminado la tensa cena, ambos se retiraron a sus habitaciones sin ningún tipo de despedida.
El anciano se dispuso a darse un baño antes de irse a descansar del largo día, y ordenó que calentaran agua, mientras, a su mente volvió el recuerdo de su primera esposa y de aquellos largos días de angustia, tras descubrir que su esposa solía montar a caballo acompañada del criado Declan, cuando creían no ser observados.
Aquella noche cuando ella volvió al castillo, estaba radiante, y él, roído por los celos más angustiosos  y una ira que jamás había sentido, la vio llegar. Para entonces ya había decidido concluir su matrimonio.

Mientras un sirviente le ayudó a meterse en la bañera, el anciano pudo ver cómo entre el vapor que llenaba la habitación, se dibujaban unas formas femeninas que le eran muy familiares: supo entonces quién le acechaba y ordenó que le dejaran solo; cuando el vapor tomó una forma definida, se sobresaltó y cayó al suelo, quedó desvalido y a expensas del fantasma que tantas noches le había acechado, que le atormentaba sin descanso.

-                     Debes tomar una decisión, “querido”- susurró ella con una sonrisa sibilina.
-                     No puedes obligarme a nada, soy Lord James Carleton, de la más alta nobleza de Irlanda, y tú sólo una adúltera que no supo serme fiel.
-                     Sabes que puedo obligarte: no te dejaré nunca, estaré a tu lado día y noche- amenazó el fantasma.
-                     No importa, ya soy un anciano, no me queda mucho tiempo en este mundo, así que no podrás seguir con tu chantaje por mucho tiempo.
-                     Como desees.

En cuanto la difunta desapareció, irrumpieron en la habitación los sirvientes, alarmados por el estruendo que había provocado el anciano al caer de la tina. Horas más tarde, descansaba ya en su cama, sin más preocupaciones que intentar pasar la noche lo más caliente posible.

Mientras, abajo, en la primera planta, en el despacho de su marido, Mary no podía contener por más tiempo su curiosidad, y decidió registrar la correspondencia del conde, nerviosa e impaciente, rebuscaba entre los distintos cajones del escritorio, donde su esposo guardaba la documentación que había estado consultando los últimos días, durante la mañana, cuando él la creía dedicada al jardín y sus detalles.

Buscó y buscó hasta que encontró una documentación que parecía antigua, entre ella vio una carta, escrita con familiaridad pero con cierta mezcla de tristeza y odio.
Era una carta de despedida para el conde, en ella se confesaba un horrible crimen, un engaño doble del que este era el protagonista. La condesa no tardó en atar cabos: su primera esposa no había desaparecido, se fugó con su amante y el hijo que ambos tuvieron.
La joven quedó tan sorprendida que no daba crédito a los que sus ojos leían y su mente intentaba procesar, jamás su esposo le había confiado semejante secreto, jamás tuvo la confianza suficiente para contarle que su primera mujer se había fugado con un vulgar sirviente.

Querido James,
Te escribo estas líneas puesto que no soy capaz de confesarte en persona la terrible verdad que encierran tus sospechas: Declan se ha sido, se ha ido con el hijo que hemos tenido y al que he renunciado por su bien, sé que si me hubiera ido con ellos nos habrías perseguido.
                                             Estaré en el acantilado, te espero.
                                                                                                       Fiona.”

Mientras ella hacía este sorprendente descubrimiento, su esposo se encontraba en medio de una pesadilla: soñaba que estaba al borde de un abismo y que Fiona estaba a punto de empujarle  por los acantilados que estaban al otro lado del bosque. Ante el tremendo pavor que el sueño le produjo, el anciano se despertó, estaba envuelto en un sudor frío que le recorría todo el cuerpo.
Quedó sentado en su cama, bien abrigado, aterrorizado por los más oscuros pensamientos: se sentía acechado, observado,….sentenciado. Fue entonces cuando observó cómo la neblina de la madrugada se colaba por su ventana y junto a su cama, muy lentamente, se dibujó la figura que horas antes le había sorprendido durante su baño.
-                     ¿Has tomado una decisión, James?
-                     No estoy obligado a nada, lo hecho, hecho está, debes marcharte y no importunarme más- concluyó él.
-                     ¿Es tu última palabra, estás seguro? Sólo debes elegir, debes pagar lo que hiciste.

El silencio se hizo en la habitación, un silencio tan grave como el que se había hecho en la planta inferior, la condesa acababa de terminar la carta de Fiona, la confesión que concluía el documento la obligó a sentarse; al hacerlo descubrió que tras la carta, había una partida de nacimiento, de hacía unos 20 años, el nombre de la madre estaba en blanco y el del padre estaba borroso, pero se leía claramente Declan Stone. Ella había oído ese nombre antes, pero la madrugada estaba avanzada y su mente no procesaba con rapidez toda la información que estaba recibiendo…… ¿Dónde había oído ese nombre, ese apellido?

El anciano se levantó y paseó por la habitación, junto a su fantasmal esposa, y cuando la tuvo a sus espaldas, ella consumó su venganza. El pesado y frágil cuerpo del anciano cayó al suelo, sobre la alfombra que estaba junto a su cama. Las cuentas estaban saldadas.

Cuando a la mañana siguiente la condesa entró en la habitación de su esposo y lo encontró en el suelo, frío y blanco, no pudo contener un grito de horror que despertó a toda la servidumbre, apenas pasaban las 5 de la mañana y todos se encontraban durmiendo en sus cálidas camas.
El primero en aparecer fue Duncan, que volvía del pueblo, probablemente de la taberna, había accedido al piso superior tras oír los gritos de la condesa y había corrido por el pasillo hasta que en la puerta de la habitación del conde, detuvo sus pasos.

Fue entonces, al mirarle, cuando la joven recordó de qué le sonaba el apellido Stone.









                                              

miércoles 14 de julio de 2010

Dinero, puto dinero



No hay peor pecado que venderse,
no lo hay,
la dignidad se me ha escapado por la ventana;
el dinero es el que se vende,
no nosotros,
somos el precio del dinero,
somos sus clientes,
no sus esclavos....
¿o acaso somos esclavos
de la necesidad?
he hipotecado mi identidad,
yo misma estoy en venta 
porque quiero ser alguien.
No tengo límite,
el contrato dice: de por vida.
Dinero, puto dinero....
me he perdido, ¿por qué vine?

sábado 3 de julio de 2010

Alud



Poco a poco se acercaba
como una tormenta que todos sentían
pero que a la que nunca daban importancia,
poco a poco se deslizaba
como la caricia hambrienta del amante,
poco a poco desapareció
como el humo efímero, 
poco a poco se apeó 
de sí misma, 
hasta los pies que sugerían la falda...
la montaña se había desplomado....
tanta humedad en las lágrimas que nunca fueron derramadas, 
tanta fuerza erosionada en 
la indiferencia ajena...
Hoy he caído....y el bosque no me ha oído.




martes 29 de junio de 2010

TRILOGÍA DE LA NOCHE (1)



Puro soul

Su voz tenía la piel negra
triste el alma
y los ojos gachos,
su alarido cantado en silencio
era una oración 
sin súplicas.

El encuentro casual
de sus miradas
al borde del delirio,
que se reconocen
y conversan en el silencio
de la joven noche,
despierta indiferencia casual
en los viandantes,
indiferencia laboriosa
que ignora
y no entrevé
la hermosura
de verse en otro 
cuando no hay espejos.

Existe un hueco en ese silencio,
un vacío,
un hueco herido de muerte
que es tan ensordecedor,
como la belleza de un atardecer
de los que nunca dicen adiós.

Tanto dolor...
en la voz....
tanta ausencia...





TRILOGÍA DE LA NOCHE (2)



Oscura llama de deseo

Aúllan las horas en mi cabeza
como noches interminables
al hambre con que se arrastran por las calles,
con el helado aliento de la madrugada.

Aúllan las horas en mi cabeza,
como silencios atronadores
que me desvelan,
como despedidas eternas
y ensoñaciones insomnes.


Noches como esta no existen,
y me pregunta el viento
cuánta hambre tiene hoy la noche
cuántos sueños y ensoñaciones,
cuánta...
cuántos...
cuántas...

Me rodean los sonidos que había olvidado,
abandonados en llamas:
se esfuman mientras crepitan
como diciendo adiós
con gran esfuerzo.

La oscura llama de deseo
es mi consciencia,
que me invita
y me tienta,
y me tienta y me tienta.

lunes 28 de junio de 2010

TRILOGÍA DE LA NOCHE (3)



Estado febril 


El metal 
esclavizado por sus tuercas,
avanza despacio,
contrariado
como si no supiera 
quién es,
mira extrañado sus soldaduras:
se mira
y se remira
recordando que alguna vez fue más pequeño,
tal vez un pensamiento
un momento de lucidez 
un aplauso a la brillante imaginación
como un sonido sordo autocomplaciente.

Tritura mis oidos ese sonido
mecánico,
rutinario,
monónoto,
la cadena de montaje
de una desazón interminable,
interminable, interminable...




domingo 18 de abril de 2010

Éxtasis


Y te ví allí
ante mí
bailando en el viento
cercando tu propio frenesí
libertad infinita 
que creaban tus dedos 
al girar sobre tí
sobre tu inocencia,
como un ave de ojos verdes
que me miraba desde muy lejos
donde viven las irrealidades
no imaginadas.
Te caíste de tu nube
y fuiste arrollado por la verdad
que pudiste apartar de tí mismo...
las voces que te seguían
cantaban tras de tí
con la fuerza de tus alas
y la velocidad de tus sueños...
allí te quedaste
girando
con los brazos en alto
sonriendo ese instante de felicidad.

Lejos



                                               Para Dani


Silenciosas miradas lumínicas
nos persiguieron en la noche,
nos seguían con la luz de sus ojos
sin pestañear
o parpadear
o fundirse...con la oscuridad.
Un camino de dos
mil veces recorrido
que nos lleva al rincón
de los susurros privados,
donde sólo existen dos,
dónde somos ya sólo uno.

miércoles 31 de marzo de 2010

Borroso


Mi casa es una nave sin puerto,
el viento sin aspas que acariciar,
y aquí a solas,
me escondo de mis pensamientos.
Un espacio infinito
para rugir en la noche,
negra y tenebrosa como sólo ella
puede querer ser.
Me han encontrado,
estoy perdida,
pues juegan las olas
con mi cabeza,
silencio de suertes,
espectros sin cara,
que me empujan entre la multitud.
He caído, ya no seré,
nunca más.

lunes 29 de marzo de 2010

No olvidemos el tráfico humano


Pasen y vean, señoras y señores
pasen y escuchen, la historia de Grace,
ángel de alma cándida,
que cayó presa de engaños y promesas.

Grace en un salón pobremente iluminado
mira con desdén los rincones
que la aprisionan, mira y remira sin mirar
los rincones de su jaula, donde,
 como un pájaro de oro en una jaula de alambre
pía ya sin ganas ni esperanzas.

Grace llora, sin inmutar el gesto,
 sufre por su destino,
lía un cigarro como lo haría un hombre,
hombres,
suerte de extraños que la acompañan siempre
a la misma habitación,
donde los sueños se quedan en la puerta
y la tristeza se ahoga en el ambiente.

Grace se sabe un ángel muerto,
se sabe muerta por dentro.

Pequeña brisa la que acaricia el rostro de Grace,
pequeño recuerdo de algo que alguna vez
pareció la vida,
pequeña Grace imaginando un futuro.
Su suerte es un tipo de muerte,
todas las Grace que fue y todas las Grace que será
morirán cada vez que cruce ese umbral.


ESTA  HISTORIA QUE HE CONTADO ES REAL DE CIERTA FORMA,
NO OLVIDEMOS EL TRÁFICO HUMANO,
OCURRE TODOS LOS DÍAS.